Fragmento de mural maya del sitio de Bonampak
Detalle de una de las pinturas murales del Templo de las Pinturas de Bonampak, en Yucatán. Foto: Iñaki Herrasti

Esta es una reelaboración de un artículo que escribí una vez en Wikipedia.

Un color puede contar una historia inimaginable.
Este nos lleva hasta el área maya de Mesoamérica, alrededor del siglo XII.

Es un hecho poco conocido que casi todos los edificios de los mayas estaban pintados, tanto por dentro como por fuera, con brillantes colores. Aparentemente los colores eran importantes para esta cultura.
Sin embargo, en nuestra época esos edificios parecen no ser más que ruinas de piedra descolorida, ya que el paso del tiempo, junto con las malas condiciones de conservación, hicieron desaparecer su capa de pintura externa, cuando no el revoque de estuco sobre el que se aplicaba. Pero en algunas ocasiones el estuco de los murales pintados en el interior de los edificios se conservó, y con él algunas importantes pinturas murales.

Pintura mural tolteca procedente de Cacaxtla
Reconstrucción de una pintura mural
olmeca-xicalanca de Cacaxtla, datada
alrededor del año 700 d.C. En el original, el
azul es pigmento azul maya. Foto: Travis
La historia del redescubrimiento del azul maya comienza en 1931, durante una expedición arqueológica organizada por el Instituto Carnegie de Washington, conjuntamente con el Instituto Mexicano de Antropología e Historia (INAH). En esa oportunidad se tomó una muestra de una sustancia azul del Templo de los Guerreros, en el sitio arqueológico de Chichén Itzá.

Esta sustancia fue aislada por H.E. Merwin, del Instituto Carnegie. Y aquí es cuando empieza el misterio del azul maya.

Un azul sorprendente

Se trata de un pigmento de color azul. No es siempre del mismo tono y matiz de azul, sino que puede ser más claro, más oscuro, francamente azul, aturquesado o verdoso.
Inicialmente se pensó que solo se lo podía encontrar en el área maya de Yucatán, y por eso fue bautizado como «azul maya». Luego empezó a hallárselo en murales arqueológicos de toda Mesoamérica, ejecutados por otras culturas aparte de la maya (tolteca, mixteca, azteca…). También se lo encontró en cerámicas, códices y esculturas.

Para empezar, este pigmento tenía la propiedad de haberse conservado bien a pesar de los siglos transcurridos en condiciones climáticas muy adversas (calor y humedad de la selva).
Analizado, se halló que era excepcionalmente permanente. No se decoloraba ni con la exposición a la luz, ni con el calor ambiente, ni por la acción de microorganismos. También resistía a la lavandina, al ácido nítrico concentrado, al ácido sulfúrico y al agua regia.

Pero tenía todavía otra propiedad: era muy difícil elucidar cómo estaba hecho.

En busca de la receta perdida

Durante unos sesenta años, el azul maya desafió los intentos de averiguar cómo se preparaba, y con qué. El secreto de su fabricación se había perdido. Pero resultó que se había perdido en épocas relativamente recientes, ya que en tiempos coloniales aún se usaba.

Trozo de palygorskita, una arcilla de estructura lamelar
Trozo de palygorskita en el que
puede verse la estructura
fibrosa. Foto: John Kygier
En 1989 se descubrió este pigmento en pinturas murales de unos edificios coloniales de Cuba. Era un color azul verdoso que hasta ese momento se había llamado «azul Habana». Se cree que se lo usó hasta cerca de 1860, y que tal vez se lo importaba de México.

Perdida la receta, el trabajo de averiguar la composición y preparación del azul maya quedó en manos de la química y de la arqueología.

En 1946 se descubrieron los fabulosos murales mayas del Templo de las Pinturas de Bonampak, ocasión en la que se tomó otra muestra de pintura azul que sería muy reveladora.
Un estudio mediante difracción de rayos X mostró que uno de los componentes del pigmento azul maya era una arcilla llamada palygorskita. Este es un tipo de arcilla particular, de estructura fibrosa. A primera vista parece ser un material textil, porque se deshilacha.

Rama y flores de jiquilite (Indigofera suffruticosa)
Rama florida del jiquilite o añil
(Indigofera suffruticosa).
Foto: Lauren Gutierrez
Luego, durante un tiempo, se sospechó que el azul maya ocultaba algún ingrediente de origen orgánico. Hasta que en 1962 se lo identificó por fin, mediante espectroscopía infrarroja: índigo.
El índigo natural es un tinte azul oscuro que puede extraerse de varias plantas, típicamente de las del género Indigofera. Antes de la invención de los tintes sintéticos fue muy usado para teñir telas. En Europa y Asia se usó más que nada la especie Indigofera tinctoria, pero en Mesoamérica se disponía de especies nativas, como el jiquilite (Indigofera suffruticosa).


Siguió un período durante el cual diferentes investigadores, cual alquimistas, intentaron recrear el azul maya.

En 1966, H. van Olphen intentó fabricar azul maya con índigo sintético y varios tipos de arcillas lamelares (fibrosas). A grandes rasgos dio en el clavo, pues utilizó la técnica correcta para combinar los ingredientes: la cocción. También notó que, de todas las arcillas empleadas, la palygorskita era la que daba un pigmento más permanente.
Luego de muchas experiencias por parte de distintos investigadores, surgieron algunas recetas de azul maya aceptables. Hubo también quien notó que si se usaba la arcilla correcta, el pigmento ya era estable y resistente antes de la cocción, por el simple hecho de mezclarlo y homogeneizarlo.

Cenote en Valladolid, México
Cenote en Valladolid, México. Foto: dronepicr

Nanotecnología precolombina

¿Qué es lo que hace que el índigo del azul maya se vuelva resistente a todo tipo de ataques? Para explicarlo hay que descender al nivel molecular. Se cree que, durante la preparación del pigmento, las moléculas de índigo se meten en los túbulos que componen la estructura de la palygorskita y forman enlaces de hidrógeno con la arcilla, por lo que quedan «hechas carne» —por así decir— con aquella.
El resultado de esto es un pigmento de una estabilidad asombrosa. Es probable que se trate del primer pigmento orgánico estable, pero además de eso constituye una forma de nanotecnología.

El color sagrado

Se sabe que los antiguos pueblos mesoamericanos estimaban mucho el color azul verdoso, que es el color del agua y de la vegetación, sin los cuales no hay vida. Consideraban preciosos a algunos materiales verdes o verdeazulados, como las turquesas, el jade y las plumas de quetzal.

En 1904, el arqueólogo E.H. Thompson comenzó a dragar el cenote (pozo sagrado) de Chichén Itzá en busca de restos de la antigua cultura maya. Encontró objetos de madera, de cobre, de jade y hasta de oro, pero el que nos interesa ahora es un simple cuenco de tres patas.
En 2008, un equipo formado por arqueólogos de varias instituciones de Illinois reparó en el cuenco, que estaba lleno de arcilla endurecida con restos de pigmento azul. Tras analizarlo, concluyeron que en el cuenco se había comenzado a preparar azul maya, pero que el proceso había quedado interrumpido al arrojarse el cuenco al cenote. La mezcla endurecida contenía arcilla e índigo, pero también copal, el incienso de los mayas.

Pebetero maya con representación del dios Chaac
Pebetero maya con representación
del rostro de Chaac. También los
hubo con la efigie de Tláloc, la
«versión» azteca de Chaac.
Foto: Travis
Por fuentes históricas y arqueológicas se sabe que los mayas acostumbraban peregrinar a los cenotes para realizar ceremonias en honor de Chaac, el dios de la lluvia, durante las cuales arrojaban al cenote toda clase de objetos considerados preciosos, incluyendo víctimas humanas y recipientes con copal.
Muchas de las ofrendas a Chaac se pintaban de azul, aun las personas. De hecho, en el fondo del cenote se encuentra una capa de barro azul de hasta 5 cm de espesor, que se cree que se debe a la pintura desprendida de las ofrendas arrojadas allí.

También se observó que los mayas yucatecos actuales dan un uso medicinal al índigo y a la palygorskita.

Basándose en esto, los arqueólogos postularon que, durante las ceremonias en el cenote, en los cuencos se quemaba copal junto con índigo y arcilla, a fin de producir el pigmento azul verdoso y acto seguido ofrendarlo al dios, arrojando los cuencos al cenote. De esta manera se honraba a Chaac con el copal sagrado que producía el color simbólico del dios a partir de dos sustancias medicinales.

El juicio del siglo XXI

¿Cómo se compara el azul maya con otros pigmentos azules?
Queda muy bien posicionado. Durante el curso de la historia de la Humanidad, los pigmentos azules fueron particularmente difíciles de lograr.

Para obtener un azul indeleble, los antiguos pueblos mesoamericanos básicamente debían cocinar arcilla junto con hojas de una planta. Mientras que en la misma época, los pintores del Viejo Mundo sudaban la gota gorda moliendo lapislázuli, que no solo era durísimo, sino que costaba un ojo de la cara.
Recién en el siglo XIX algunos químicos y ceramistas franceses encontraron sustitutos para el lapislázuli y la azurita que se habían usado hasta entonces. Así nacieron el azul ultramar moderno y el azul cobalto… aunque este último tampoco resultó ser barato.
Sobre el final de ese siglo se inventaron los colorantes basados en el alquitrán, que con el tiempo terminarían desplazando a los otros.

Actualmente, sin embargo, el azul maya todavía despierta interés por ser ambientalmente amigable, permanente, fácil de preparar y económico.
Billiken con bola de cristal, en Osaka

Para los argentinos, Billiken es el nombre de una revista infantil que se publica desde el año 1919. El hecho de que haya atravesado varias generaciones hace que sea conocida por todos.
Pero ¿qué es «Billiken»? Es decir, ¿de dónde sale ese nombre?
Foto: Mr. Chura

Por sorprendente que parezca, en busca de una respuesta a esa pregunta podemos remontarnos a tiempos muy pero muy antiguos. ¿Nos perderemos en las nieblas de la Historia? ¿Seremos confundidos por mil cuentos y rumores, y extraviaremos el camino? Numerosos peligros acechan quien vaya en busca de Billiken, pero debemos confiar en que la suerte estará de nuestro lado.

Japón, siglo XVII

Dando un gigantesco salto en el tiempo y el espacio vamos a parar a Japón, alrededor del año 1663. Allí, el artista Kano Yasunobu ha concluido una hermosa pintura sobre seda que representa a los Siete Dioses de la Suerte: Benzaiten, Bishamonten, Daikokuten, Ebisu, Fukurokuju, Hotei y Jurōjin. No podemos retroceder más en el tiempo porque esta pintura es la primera representación del panteón tradicional de los Siete Dioses de la Suerte... hasta donde sabemos. En realidad, es posible que Tan’yu, el hermano del pintor, los hubiera representado antes. Pero dejemos de lado esos detalles.

Estatua de Hotei en el templo budista de Manpuku, Japón
Hotei en el Tenno-den (Sala de los Reyes
Celestiales) del templo budista de Manpuku, en Japón
Foto: Michael Gunther
Estos Siete Dioses de la Suerte no son todos autóctonos de Japón, ni mucho menos: el único con esa característica es Ebisu, dios oceánico de los pescadores, el comercio y el trabajo honesto. Daikokuten, Benzaiten y Bishamonten vienen de la India, mientras que Hotei y Jurōjin provienen de China.
De los dos dioses chinos, el que nos interesa es Hotei, que en China se llama Budai y representa a un monje budista que vivió durante la dinastía Liang tardía (907–923 d.C).

Pero todos conocemos a Hotei/Budai. Es esa estatuilla de un señor panzón y calvo, por lo general sentado con las piernas cruzadas, que siempre se está riendo. Nosotros solemos decirle «Buda», aunque no es el Buda Gautama. También se lo conoce como «el Buda que se ríe».
En Asia representa el contento, la felicidad, la plenitud y la sabiduría de contentarse con lo que se tiene. Se cree que frotarle la panza trae suerte, creencia que se extendió a Occidente. En el panteón budista a veces es un bodhisattva o santo iluminado, pero para la tradición popular japonesa tiene estatus de Dios de la Suerte, representa la virtud de la Magnanimidad, y es el Dios del Contento y la Felicidad.

El loco nuevo siglo

Menos mal que está la imaginación, porque si no, no sé cómo quedaríamos después de tan tremendos saltos en el tiempo y el espacio. Ahora aterrizamos en Estados Unidos a principios del siglo XX.

Menos problemas tuve para entender los dioses y santos asiáticos que para entender la locura que tenían los estadounidenses de los primeros años del siglo XX por los amuletos de la suerte. Era una verdadera epidemia. Hasta los financistas de Wall Street los usaban, y a veces los llevaban encima, metidos en bolsillos secretos de sus trajes.
Un amuleto de la suerte de la época podía tener una forma tradicional: de trébol, de herradura, de elefante, de chanchito, de moneda. O podía ser inventado por el portador: el tintero con el que había firmado un contrato exitoso, parte de la suela de un zapato que había usado en un día de suerte, etc.
También se habían importado símbolos de la suerte de Asia, como el «buda» Hotei y la esvástica. (Como es posible imaginar, la esvástica como símbolo de suerte cayó en desuso durante la década de 1930.)

Eventualmente algunos emprendedores comenzaron a diseñar, patentar y vender amuletos de la suerte. Estaba, por ejemplo, el Imp-O-Luck, patentado en 1923, que era una especie de duende que salía de una herradura decorada con tréboles de cuatro hojas. Se fabricó en forma de estatuilla dorada de yeso, en forma de placa metálica para llevar en el bolsillo, etc.
Pero parece ser que otros tomaron como modelo a Hotei.

Billiken nace como duende y es promovido a Dios de la Suerte

El 12 de junio de 1908, una profesora de dibujo de Kansas City, de nombre Florence Pretz, se dirigió a la Oficina de Marcas y Patentes de Estados Unidos para registrar un amuleto de la suerte que había inventado, y el 6 de octubre de ese mismo año la patente Nº 39.603 le fue concedida. El amuleto era Billiken, el «dios-de-todas-las-cosas-como-deberían-ser».

La actriz Florence Reed en su casa, en 1921
Todavía en 1921, la actriz estadounidense
Florence Reed fue fotografiada en su hogar
con vestimenta orientalizante y tocando un
idolillo similar al Billiken. Foto: revista Photoplay
¿Cómo era Billiken? Era una estatuilla antropomorfa parecida a las del «buda» Hotei. Sonriente y de rasgos orientales, aunque de aspecto aniñado y con un jopito en la coronilla, un poquito panzón, sentado con las piernas extendidas delante de sí, y con los brazos a los lados del cuerpo. Se parecía un poco al viejo Hotei y otro poco a los dibujos de duendes de los cuentos infantiles que estaban de moda.

¿Y de dónde había salido su nombre? Se cree con suficiente fundamento que el nombre Billiken apareció por primera vez en el poema de 1896 Mr. Moon: a song of the Little People, de los autores canadienses Bliss Carman y Richard Hovey. Allí es el nombre de un duende no descrito.
En 1907, el duende Billiken reapareció en la revista canadiense The Canada West, en una serie de cinco cuentos escritos por Sara Hamilton Birchall e ilustrados por la ya mencionada Florence Pretz. Esta vez Billiken era el protagonista, y al estar ilustrado podemos verlo: es un duendecito convencional, diminuto, aniñado, con escarpines y orejas puntiagudos, y alas y antenas de insecto.
Estos cuentos dejaron de publicarse en 1908, año en que Miss Pretz patentó el amuleto Billiken en forma de estatuilla. Este sería el Billiken definitivo que todo el mundo conocería, aunque al haber perdido las alas, las antenas y los escarpines en punta, ya no se parecía tanto a un duende.

Que hubo una intención por parte de Pretz de asimilarlo al «buda» Hotei podría discutirse, de no ser por un artículo aparecido el 3 de mayo de 1908 en el Chicago Daily Tribune, donde se ve a Pretz, en kimono, encendiendo incienso frente al ídolo Billiken. El artículo cuenta del interés de Pretz por la cultura japonesa, y de cómo encargó el modelado del Billiken a una amiga suya, la ya mencionada Sara Hamilton Birchall.

En otros artículos periodísticos de la época, Florence Pretz declara que, efectivamente, había tomado el nombre Billiken del poema Mr. Moon de 1896, que la inspiración para el Billiken le había venido de haber estado observando, cierto día, una colección de estauillas de dioses que se encontraba en el gabinete de arte del colegio en el que trabajaba, y que su intención al crear el amuleto había sido «hacer una imagen de la esperanza y la felicidad por cuyos preceptos uno pudiera más o menos regirse».

Postal de Billiken, 1908
Postal de 1908 con frase: «Mientras
yo te esté sonriendo / la mala
suerte no podrá dañarte. — Billiken.»

Billiken conquista el mundo

En sus primeras épocas de amuleto de la suerte, Billiken fue la mascota de la Liga de Artesanos —movimiento relacionado con el célebre Arts and Crafts—, y sus estatuillas, que eran de yeso, solamente podían adquirirse en los talleres de la Liga. Las publicidades gráficas del ídolo Billiken incluían mensajes especiales para sus «devotos» y frases inspiradoras relacionadas con la felicidad, cosa que lo diferenciaba de otros amuletos y mascotas de la época.

El éxito del amuleto Billiken fue arrollador e inmediato (tal vez ayudado por cierto espiritualismo popular de la época, que preconizaba el optimismo). Ya durante el año de su creación fue furor en Canadá y en Estados Unidos. A las primeras figuras de yeso dieron lugar alcancías, postales, rompecabezas, hornillos de incienso, botellas, tazas, prendedores, colgantes, muñecos… todo con la efigie de Billiken. Hubo canciones sobre Billiken y números de baile con muñecos de Billiken.
También le salieron imitadores, como Joss, Joy Germ, Billycan, Silligen, Gobbo y Buddha Ho-Ho, hoy olvidados.

Con el correr de los años Billiken se extendió por el mundo, arraigando en los lugares más impensados.
En 1945, la antropóloga Dorothy Jean Ray arribó al remoto pueblo de Nome, en Alaska, y encontró que allí se vendían billikens tallados a mano en enormes cantidades. Al preguntar a los locales qué era ese pequeño ídolo, le respondieron que era «algo que los esquimales siempre habían hecho». Luego supo que eso no era cierto, pero que aun así la venta de billikens representaba un aporte importante a la economía esquimal.
Los billikens de Alaska están tallados a mano en materiales naturales, como marfil de morsa, hueso de ballena y piedra jabón.

Catálogo de artesanías de marfil, Seattle, 1916
Página de catálogo (1916) de un vendedor de curiosidades de Seattle, con artesanías de marfil. Los objetos marcados con el número 6 son billikens de Alaska.

Ray también observó que la costumbre de tallar billikens, que había sido adoptada por los esquimales de Alaska en 1909, había sido transmitida poco después a los esquimales de Uelen, en Siberia, introduciéndose en el folklore del pueblo chukchi. Estos billikens rusos se llaman pelikens.


Billiken gigante en Osaka
Enorme billiken en plena calle, en Osaka. Mientras que
en Estados Unidos se considera que trae suerte frotar la
panza del Billiken, en Japón la tradición sostiene que hay
que frotarle las plantas de los pies. Foto: Connie
En determinado momento el dios Billiken llegó a Japón, donde se encontró de manos a narices con su ancestro, Hotei. ¿Y qué ocurrió?

En la ciudad de Osaka, el barrio de Shinsekai había sido originariamente modelado en estilo neoyorquino, e incluía un parque de diversiones llamado Luna Park, que funcionó entre 1912 y 1923. Allí se había emplazado en su época un billiken de madera, obviamente en representación de la cultura estadounidense. Como resultado, Billiken terminó convirtiéndose en uno de los símbolos de Osaka, que hoy está plagada de billikens de todos los tamaños. El más famoso, también de madera, está solemnemente entronizado en la torre Tsūtenkaku.

Billiken para la posteridad

Aunque la fama de Billiken ya estaba decayendo hacia 1912, con el correr de los años diferentes entidades lo proclamaron su mascota o adoptaron su nombre. La revista infantil Billiken, que todos los argentinos conocemos, fue una de ellas, en 1919; en 1920 apareció en Caracas una revista literaria con el mismo nombre, que se publicó hasta mediados del siglo pasado.
Curiosamente, en Argentina se sostiene un mito local sobre el origen de Billiken: se dice que este era originariamente un dios hindú capaz de conferir felicidad, y que los amuletos Billiken fueron introducidos a este país por su fabricante, quien se habría llamado Billy Kent.

Por más que comercialmente haya pasado de moda, Billiken tiende a resurgir, especialmente en Japón, Europa y Estados Unidos. En las décadas de 1960 y 1970, Japón producía billikens en forma de figurinas de cerámica, alcancías, saleros y objetos por el estilo, mientras que en Estados Unidos fueron documentados moldes para repostería, dijes y estatuas de cemento para jardines.

Los dejo con esta declaración que hace el mismísimo Billiken en el primer número de la revista infantil homónima, que es testimonio de su arribo a la Argentina:
Aquí, en este bello país, he encontrado niños de todas las razas, he visto mil pueblos reunidos bajo una linda bandera que hace pensar en el cielo, y me he dicho: este es el país donde Billiken debe quedarse.
Troquílidos (colibríes), por Ernst Haeckel (detalle)

En enero de 2008 publiqué este artículo en un blog donde se me había invitado a escribir, pero no pude ir más allá de un par de artículos porque me enfermé. Viendo que aquel blog ha «reciclado» y ampliado el artículo original sin mencionar mi nombre (todo bien; tampoco es que eso fuese un requisito), he decidido volver a publicarlo aquí.

¿Por qué necesitamos nombres científicos?

Nycticorax nycticorax
Para mí, esto es una «garza bruja».
Foto: Spaceaero2
El ave que vemos aquí a la derecha se distribuye en América desde Canadá hasta Tierra del Fuego y las Islas Malvinas; también vive en Europa, África y Asia.
Solamente en Latinoamérica recibe los nombres comunes de cuaco, guaco, bruja, zorro de agua, pájaro bobo, taiassu, tajasu guyra, pájaro cachi, garza chesché, garza solitaria, garza bruja, savacu, taquiri, dorminhoco, socó-dorminhoco, guacuru, gauda, y seguramente me estoy olvidando de unos cuantos.

Si el lector está en la Península Ibérica, esto es un martinete común… ¡o un amiltxori arrunta, martinet de nit, orval o garza da noite!

Imaginar la confusión que se produciría entre personas de diferentes regiones al tratar de referirse a este animal por el nombre común que ellos conocen…

En cambio, el nombre científico de esta especie de garza, Nycticorax nycticorax, es uno solo y el mismo para todo el mundo. Esto permite que los científicos que hablan diferentes idiomas puedan referirse a este animal en particular sin confundirlo con ninguna otra especie.

Carl von Linné, por Hendrik Hollander (1853)
Linneo durante su expedición a Laponia,
vestido al uso lapón y sosteniendo su
planta emblemática, la Linnaea borealis.
Óleo de Hendrik Hollander (1853).
Podemos probar lo efectivo que es este método. Vean los resultados de la búsqueda de «Nycticorax nycticorax» en Flickr: todas las fotos muestran al mismo animal, aunque fueron tomadas por fotógrafos de todas partes del mundo, que hablan diferentes idiomas.

Linneo salva las papas

Los nombres científicos fueron creados en 1758 por el biólogo sueco Carl von Linné —a quien en castellano llamamos Linneo—, para resolver los problemas de nomenclatura de las especies, es decir, de cómo nombrarlas. Por entonces toda persona instruida sabía latín y griego, por lo que los textos científicos se escribían en esos idiomas, a fin de que todos los estudiosos de la época pudieran entenderlos. Inicialmente, los nombres científicos se escribieron en latín o en griego por el mismo motivo: esos eran los idiomas que usaba la ciencia.

Linneo dio nombre a muchas plantas, animales y otros organismos. Lombricus terrestris, la lombriz de tierra común europea, todavía lleva el nombre que le dio Linneo, completamente en latín, y muy sencillo y descriptivo.

Y el hombre dio nombre a todos los animales (y a plantas, hongos, etc.)

Pero… como no hay ninguna regla que obligue a que los nombres científicos deriven del latín o del griego, últimamente se han registrado algunos insólitos.

Aquí hay unos cuantos ejemplos de nombres registrados en las últimas cuatro décadas. (El primer término de un nombre científico es el género, y el segundo la especie; al repetir un género lo abreviaré poniendo solamente su letra inicial, como es costumbre.)

  • Pachygnatha zappa (una araña). Según los biólogos belgas Robert Bosmans y Jan Bosselaers, quienes le dieron ese nombre, «la mancha de color gris oscura que se encuentra en la cara ventral del abdomen de la hembra de esta especie se parece extraordinariamente al legendario bigote del artista». (Frank Zappa, por supuesto.)
  • Bobkabata kabatabobbus (un copépodo parásito). Nombrado así en honor al parasitólogo Bob Kabata.
  • Varias moscas chupadoras de sangre del género Maruina: Maruina amada, M. amadora, M. cholita, M. muchacha, M. querida, M. chamaca, M. chamaquita, M. chica, M. dama, M. nina, M. tica y M. vidamia. (¡Todos los nombres son adjetivos y diminutivos afectuosos!)
  • Pericompsus bilbo (un escarabajo carábido). En alusión al personaje principal del libro El Hobbit, de J.R.R. Tolkien. Llamado así por el entomólogo Terry Erwin porque «era petiso, gordo y de patas peludas».
  • Adonnadonna primadonna (un microfósil silíceo). El nombre viene de un tema pop de los años 1960 de la banda Dionne & The Belmonts.
  • Bambiraptor (dinosaurio terópodo). Por Bambi, debido a su escaso tamaño.
  • Leonardo davincii (una polilla pirálida).
  • Agra dable (otro escarabajo carábido de Erwin).
  • Arthurdactylus conan-doylei (un pterosaurio brasileño). Llamado así por Dino Frey y David Martill en honor a Arthur Conan Doyle y en referencia a su novela El Mundo Perdido, en la cual un pterosaurio sudamericano es llevado vivo a Londres.
  • Abra cadabra (un molusco bivalvo). Lamentablemente ha pasado a ser sinónimo con Theora mesapotamica.
  • Psephophorus terrypratchetti (tortuga fósil del Eoceno). En honor a Terry Pratchett, en cuya serie de libros Mundodisco el mundo homónimo es transportado por una tortuga gigante.
  • Ytu brutus (un pequeño escarabajo acuático). Ytu es una palabra regional brasileña que significa «cascada».
  • Darthvaderum (un ácaro oribátido). Según el especialista Hunt, que lo registró así en 1996, el conjunto de las partes bucales del ácaro le hizo acordar inmediatamente a Darth Vader.
  • Varias moscas minadoras de hojas del género Ophiomyia: Ophiomyia prima, O. secunda, O. tertia, O. quarta, O. quinta, O. sexta, O. septima, O. octava, O. nona, O. undecima y O. duodecima. (¡Quién sabe por qué no hay una Ophiomyia decima!)
  • La cucaracha (otra polilla pirálida).
  • Varios trilobites del género Arcticalymene: Arcticalymene viciousi, A. rotteni, A. jonesi, A. cooki y A. matlocki. Llamados así en honor a los Sex Pistols.
  • Pheidole harrisonfordi (una hormiga). Llamada así por el entomólogo E.O. Wilson, en reconocimiento al compromiso del actor Harrison Ford por su participación destacada en la ONG Conservation International.
  • Draculoides bramstokeri (una araña). En referencia a Bram Stoker, el autor de la novela Drácula.
  • Orquídeas del género Dracula: Dracula chimaera, D. chiroptera, D. diabola, D. fafnir, D. gorgona, D. nosferatu, D. polyphemus, D. vampira, D. vlad-tepes. Estas orquídeas tienen un aspecto extraño y suelen ser en parte pardas, con pelos.
  • Salinoctomys loschalchalerosorum (rata vizcacha chalchalera). Según Mares, Braun, Barquez y Díaz, el equipo científico que la describió, se llama así «por el gran conjunto folklórico argentino “Los Chalchaleros”, en honor de sus 52 años cantando la música tradicional del oeste argentino, sus ambientes naturales y su historia».
  • Losdolobus (género de arañas brasileñas). Los investigadores Platnick y Brescovit, queriendo homenajear a un par de argentinos que habían colaborado con ellos, les pidieron que sugiriesen un nombre para el nuevo género, y estos propusieron «losdolobus». (Si alguien precisa una explicación, por favor deje un comentario.)

Addendum de 2016

Miguel Ángel Verde Valadez convirtió este artículo en una entretenida presentación de diapositivas.

La «lista madre» de nombres científicos insólitos está en el sitio Curiosities of Biological Nomenclature, de Mark Isaak. Según veo, la lista se actualiza cada cierto tiempo.

Con motivo del Día del Orgullo Friki del año 2011, Carlos Lobato blogueó también un artículo sobre nombres científicos curiosos, pero confeccionó una lista diferente. Para el 2014 publicó otro sobre organismos con nombres científicos relacionados con gente famosa.

Y para cerrar el artículo con Linneo:

Dibujo de Linneo sobre el género Andromeda
Dibujo de Linneo sobre el género Andromeda:
«Andrómeda. Ficticia y real; mítica y genuina; imaginada y retratada del natural.»
Es a propósito de Andromeda polifolia, una planta ericácea que Linneo encontró durante su expedición a Laponia de 1732, creando el género Andromeda para ella. (Me encanta cómo el monstruo marino que amenaza a la Andrómeda mítica se convierte en una lagartija en el dibujo de la planta.)
Marca del «Mosquito» de Baunscheidt

Curioso titulo para una curiosa historia que en un principio nos hace pensar en la acupuntura, aunque en realidad está más relacionada con la homeopatía.

El 16 de diciembre de 1809 nació en Hagen, Prusia, el personaje principal de esta nota, llamado Carl Baunscheidt. De profesión mecánico, estudió también química, física y horticultura y, sin ser médico, llegó a tener un buen conocimiento de la medicina de su tiempo.
Habiendo observado que las picaduras de abejas —o incluso hasta de un mosquito— mejoraban los dolores reumáticos, en 1848 Baunscheidt inventó y construyó un aparato al que llamó Lebenswecker (‘despertador de la vida’). El inventor afirmaba que este artilugio, al que se conoció también como «Mosquito de Baunscheidt», era capaz de curar toda clase de enfermedades, y que funcionaba «creando poros adicionales» en la piel, los que facilitaban la salida de sustancias tóxicas del cuerpo.

Portada de la revista El Mosquito, 1886
Paralelamente a sus investigaciones, Baunscheidt publicó, a partir de 1861, una revista llamada Die Mücke (‘El mosquito’), en la cual hacía publicidad a su método. Este alcanzó pronto un éxito considerable, a tal punto que el explorador Alexander Humboldt llevó un Lebenswecker en su viaje de exploración al volcán Chimborazo.
El Lebenswecker fue incluso exportado a China y empleado allí en una epidemia de cólera «con excelentes resultados, ya que de 80 enfermos solo murieron tres».
Por cierto, la revista de Baunscheidt abundaba en halagos hacia este invento y mencionaba, en 1861, la cura de 158 casos de rabia, 185 de pleuresía, 186 de peritonitis, 197 de tifus, 199 de herpes, 202 de cataratas, 248 de picaduras de abejas, y más. También se publicaban en ella cartas de agradecimiento recibidas desde diversos países, y se descubrían día a día nuevas aplicaciones para el método terapéutico: gonorrea mal curada, sordera, gota, tuberculosis, reumatismo, cálculos de vesícula, afecciones crónicas de la piel, etc.

El Mosquito en cuestión, y cómo se usaba

El Lebenswecker o «mosquito» propiamente dicho, pieza central del tratamiento ideado por Baunscheidt (baunscheidtismo), consistía en un cilindro hueco de aproximadamente 25 centímetros de longitud, de madera torneada y similar al mango de un plumero, que en uno de sus extremos tenía un cabezal conteniendo unas 30 agujas muy finas de acero, unidas a un eje ubicado en el interior y tensado por medio de un resorte. El cabezal contaba con una tapa a rosca para cubrir las agujas cuando el aparato no estaba en uso.

Este instrumento se apoyaba sobre la piel del enfermo y, liberando el muelle, las agujas dentro del cabezal salían disparadas, clavándose apenas unos milímetros en la piel y retrayéndose con gran rapidez, con lo que la molestia era mínima.
Sobre la zona intervenida de este modo se aplicaba luego el oleum baunscheidtii, un aceite también inventado por Baunscheidt, el cual provocaba una intensa inflamación local, que supuestamente debía facilitar la salida de toxinas y estimular las defensas del cuerpo del paciente, curando así la afección inicial.

Equipo de baunscheiditismo
Equipo básico de baunscheidtismo de 1869: «mosquito», frasco de oleum y manual. Jindera Pioneer Museum, Nueva Gales del Sur.
Foto: Dirk H.R. Spennemann
La fabricación del Lebenswecker estuvo a cargo de un establecimiento del propio Carl Baunscheidt en Bonn, Alemania, a partir de 1865. Baunscheidt elaboraba también el oleum, cuya fórmula era secreta… ¡pero no contenía veneno de serpiente, como alegaban sus detractores!

Examinando «mosquitos» de época se observan muy pocas variaciones entre ellos. En la mayoria de estos solamente varía la conformación del extremo de punción, como también la cantidad de agujas (entre 26 y 32). El material preferido para el mango y el cabezal parece haber sido la madera de ébano.

Lebenswecker del Museo de Hamburgo
Lebenswecker de época (1800–1860); notar la tapa a la izquierda. Mide unos 24 cm de largo. Foto: Hamburg Museum

Este método terapéutico fue popular especialmente entre la gente de origen germánico. El equipo básico de baunscheidtismo consistía en un «mosquito», un frasco de oleum y un manual de uso, implementos que frecuentemente acompañaban a sus dueños en viajes largos, cual si fueran un botiquín de primeros auxilios. Así, se conservan Lebensweckers de época en Australia, llevados allí por inmigrantes alemanes.

Capítulo aparte merece un ejemplar de este aparato hallado en Viena, cuyo cabezal lleva una preciosa ornamentación en marfil, en la que se ve, entre otras cosas, un emblema hecho a la manera de los escudos nobiliarios, formado por dos Lebensweckers cruzados sobre un frasco de oleum y rodeados de una guirnalda de flores, todo esto coronado por la figura de un mosquito. Seguramente fue elaborado especialmente para una familia o persona de alta posición social, lo que testimonia la reputación que llegó a alcanzar este invento.


Cabezal de un lebenswecker moderno
Cabezal de un lebenswecker moderno, con las agujas retraídas.
Foto: Guðrún
Si bien el método del «mosquito» no parece particularmente cruento, algunos autores señalan que habría ocasionado algunos fallecimientos, cuyo motivo pudieron haber sido la rudimentaria asepsia del siglo XIX sumada a los muchos pinchazos que podía llegar a recibir un paciente durante una sesión de baunscheidtismo.

Posteriormente a este invento, Baunscheidt continuó investigando en el campo de la medicina y produjo, entre otras cosas, un aparato de vacunación antivariólica, un enjuague bucal y un aceite para «limpiar la sangre».

Mosquitos modernos

Actualmente el baunscheidtismo se sigue practicando, por lo general en combinación con otras terapias alternativas. Las agujas del Lebenswecker son ahora de acero inoxidable esterilizable, y el tratamiento se indica especialmente para afecciones de las articulaciones y de la columna, bronquitis, neuralgia, trastornos metabólicos y disfunciones de varios órganos.
Maniquí con frasco de radio

Este artículo está dedicado a recordar algunos objetos de uso diario cuyo principal atractivo era la radiactividad.

Pese a lo que se podría creer, las modas radiactivas no comienzan en la «era atómica» de mediados del siglo XX, sino que se remontan al descubrimiento del radio, uno de los primeros elementos radiactivos de los que la ciencia tuvo noticia. Así que nuestra lista comienza mucho más atrás.

1903: el espintariscopio

En 1903, a Sir William Crookes se le cayó una muestra de radio que estaba estudiando y, al recuperarla, descubrió que si se la ubicaba muy cerca de una pantalla fluorescente de sulfuro de cinc se podían observar claramente las desintegraciones nucleares individuales de los átomos de radio. Sir Crookes las describió así:
…Al aproximar el radio a la pantalla, los destellos se vuelven más numerosos e intensos, hasta que, al encontrarse muy próximos, comienzan a repetirse tan rápidamente que la superficie parece un mar turbulento y luminoso.
Construyó entonces un artefacto para observar este fenómeno, al que llamó «espintariscopio» (del griego spinth´ēr, ‘chispa, destello’). Era parecido a un catalejo muy corto y llevaba una muestra muy pequeña de bromuro de radio en su interior. En un extremo, a una mínima distancia de las sales de radio, iba la pantalla de sulfuro de cinc; el otro extremo tenía una lente para mirar los destellos.

Un objeto tan sencillo que permitiese apreciar la desintegración radiactiva a simple vista y que, además, producía un efecto óptico tan llamativo, no podía sino convertirse en un juguete científico de moda. Algunos malpensados agregan que este invento también tuvo mucho éxito en las reuniones victorianas entre damas y caballeros porque por lo general había que esperar un rato en la oscuridad para que la vista se adaptara y pudiese distinguir los destellos.

El material radiactivo de los espintariscopios de la época podía ser bromuro de radio, pechblenda o nitrato de torio, porque el radio era caro y escaso, y no siempre estaba disponible.

En defensa del espintariscopio hay que decir que no fue siempre un mero juguete o curiosidad, ya que en 1924, antes de que se inventaran dispositivos mejores, fue utilizado por Geiger y Werner para hacer estudios científicos sobre la radiactividad.

Los espintariscopios construidos en 1903 todavía funcionan, porque el radio se mantiene radiactivo durante miles de años. Sin embargo, al abrir uno de estos aparatos se observan consecuencias de la desintegración radiactiva que lentamente lo va deteriorando.

Comienzos del siglo XX: el reloj fluorescente

Agujas de reloj con pintura de radio, iluminadas con luz UV
Agujas de reloj de los años 1940–1950 tratadas con
pintura radiactiva, vistas bajo una luz UV usada para
excitar la fluorescencia (al decaer la radiación, las agujas
ya no brillan por sí solas). Foto: Julien Simon
Durante las primeras décadas del siglo pasado el radio siguió siendo «la gran cosa» en la imaginación popular, y algunos productos llevaban la marca registrada «Radio» aunque no hubiese nada de elemento radio en ellos: simplemente, esa palabra evocaba algo moderno, energético y luminoso.

En el caso de los relojes fluorescentes, sería difícil averiguar cuándo se construyó el primero, pero estuvieron en boga en esta época. Se trataba de relojes de uso diario —de pulsera, despertadores, etc.— que tenían las agujas pintadas a mano con una pintura hecha de sulfuro de cinc y radio, lo que hacía que brillasen.
Pronto se descubrió que los trabajadores que pintaban las agujas eran afectados seriamente por el radio, aunque hay relojes con pintura de radio que datan, todavía, de los años 1960.

Los coleccionistas actuales pueden comprobar, con ayuda de un contador Geiger, que algunos de estos viejos relojes son más radiactivos que otros. Pero en general sus agujas ya no brillan debido al deterioro del sulfuro de cinc o a que el elemento radiactivo utilizado no era radio sino, por ejemplo, prometio-147 o tritio, que decaen mucho más rápido.

El irradiador de agua potable «Revigator»
Portada del manual de instrucciones del
dispensador de agua radiactiva Revigator, de 1928.
Este bidón de cerámica generaba gas radón,
que volvía radiactiva el agua.

Década de 1920: el agua irradiada

Durante esta década y parte de la siguiente se puso de moda tratar el agua potable con gas radón. ¿Para qué? Para tomarla, por supuesto. Porque la radiactividad era curativa y salutífera a más no poder… o por lo menos eso se decía.
El argumento detrás de esta idea era que, como el agua mineral de fuente natural es a veces radiactiva en origen debido al gas radón, debía ser saludable. Pero esa radiactividad natural se perdía durante el traslado, la distribución y el tratamiento del agua, por lo que había que restituírsela.

Diferentes aparatos de uso doméstico se inventaron y comercializaron con este fin. Entre ellos estaban los dispensadores de agua radiactiva, que podían estar hechos de cerámica, de metal o de vidrio, y que iban recubiertos por dentro con algún mineral radiactivo, o provistos con un trozo de un mineral de estas características que permanecía en el interior del dispenser y entraba en contacto con el agua.
Se solía decir que este material era radio, aunque en la práctica algunos de estos artefactos usaban minerales (carnotita, torbernita) que contenían uranio en lugar de radio, pero que igualmente producían el efecto buscado: generar radón al decaer, irradiando el agua que se echaba en el dispenser.
Luego de esperar un tiempo prudencial para que el agua se «activara», el usuario podía extraerla por medio de una espita o canilla situada cerca de la base del aparato.

Otros inventos dedicados a irradiar el agua, los «emanadores», eran portátiles: se trataba de objetos mucho más pequeños, por lo general en forma de cono o cilindro, que contenían material radiactivo. Para irradiar cualquier líquido no había más que sumergirlos en él.
Estos artilugios se fabricaron y vendieron, con variantes, en casi todo el mundo civilizado: los hubo fabricados en Alemania, en Checoslovaquia, en Inglaterra, en Estados Unidos y en Canadá.

Publicidad gráfica de un lápiz de labios de
la línea francesa Tho-Radia, que contenía
torio y radio. Los cosméticos Tho-Radia
ganaron popularidad a principios de
la década de 1930.
También se comercializaba agua mineral previamente irradiada. Esto fue lo que hizo entre 1919 y 1922 la Great Radium Spring Water Company, sita en Massachusetts, Estados Unidos, que distribuía el agua en botellas.

Esta moda del agua irradiada solamente se aplacó un poco a partir de 1932 debido a la horrible muerte del atleta e industrial estadounidense Eben Byers, quien diariamente tomaba un elixir de agua destilada tratada con radio y torio llamado Radithor. Se calcula que Byers llegó a beber unos 1400 frascos de Radithor, lo que le causó múltiples tumores inducidos por la radiación ionizante. Fue enterrado en un ataúd revestido de plomo.
Sorprendentemente, el inventor y promotor del Radithor, William Bailey, no escarmentó ni fue a la cárcel. Luego del caso Byers, fundó en Nueva York una compañía llamada Radium Institute y comercializó una hebilla de cinturón radiactiva, un pisapapeles radiactivo y un nuevo mecanismo para irradiar el agua.

Estos productos vinieron a sumarse a la larga lista de mercancías radiactivas producidas en las décadas de 1920 y 1930: cosméticos de todas clases, jabones, dentífricos, pastillas, parches terapéuticos, anteojos, pomadas, pan, soda, chocolates, supositorios y hasta condones.

Década de 1930: la vajilla de uranio

Durante los años 1930 se fabricaron objetos de vidrio y cerámica radiactivos para uso diario, aparentemente solo por motivos estéticos.

Vidrio de uranio
Viejas piezas de vidrio de uranio. Foto: Nerdtalker
El vidrio de uranio podía contener uranio u óxido de cerio, y solía presentar un color verde o amarillo verdoso. Al iluminarlo con una luz negra (luz ultravioleta) produce una fluorescencia verde que lo delata.

En 1936, los consumidores de Estados Unidos fueron sorprendidos por una hermosa línea de vajilla para uso diario llamada Fiesta. Venía en cinco colores: rojo anaranjado, azul, verde, amarillo y marfil. Los platos de color rojo anaranjado, que eran los más caros, debían su color al óxido de uranio que se incluía en su vidriado.
Este óxido inicialmente provenía de mineral de uranio natural, y así fue hasta 1943, cuando las existencias de uranio de la firma fueron confiscadas por el gobierno de Estados Unidos, pues eran necesarias para la bomba atómica.

En 1959 la línea Fiesta resurgió, pero esta vez usando uranio empobrecido, que es un un residuo del enriquecimiento y del reprocesamiento industrial del uranio.

Varios otros fabricantes de vajilla cerámica de la década de 1930 utilizaron uranio para dar color a sus piezas, y también se lo usó para colorear azulejos.

1945 – década de 1950: la vida atómica

Para 1945 Estados Unidos disponía de bombas atómicas plenamente funcionales, por lo que el poder del átomo estaba en boca de todos. La «era atómica» había llegado: esto quería decir que en el futuro todo funcionaría con energía atómica, desde los aviones hasta las lapiceras. Por lo tanto, no era raro que apareciesen más productos radiactivos, aunque los elementos asociados popularmente a la radiactividad serían, no ya el radio, sino más bien el uranio y el plutonio.

Gilbert Nuclear Physics Atomic Energy Lab
El U-238 Atomic Energy Lab de la firma Gilbert fue un
juguete que se vendió en Estados Unidos entre 1950 y 1951.
Los materiales para hacer los experimentos eran de baja
radiactividad, pero auténticos. Foto: Webms

Las bujías radiactivas Firestone

Alrededor de 1945, la empresa Firestone lanzó al mercado unas bujías con polonio-210 (hay que decir que en 1929 ya se había patentado un modelo, pero no parece que se haya fabricado). La idea detrás de las bujías Firestone era que las partículas alfa emitidas por el polonio ionizarían el gas alrededor de la chispa, dándole más duración y por lo tanto mejorando el arranque del motor.

En realidad, como el polonio-210 tiene una vida media de 138 días, es probable que el tiempo, si no la mugre, inutilizaran bastante rápido cualquier posible efecto de las partículas.


El Anillo Bomba Atómica del Llanero Solitario y otros juguetes para niños

En 1947, si un niño estadounidense llevaba al almacén una tapa de cereales Kix y quince centavos, recibía el Anillo Bomba Atómica del Llanero Solitario. Este era un anillo dorado de 2 cm y medio de alto que, en el lugar donde un anillo normalmente lleva una piedra preciosa o adorno, tenía un pequeño objeto plateado en forma de cohete-bomba. Este era en realidad un espintariscopio en miniatura que funcionaba no con radio, sino con polonio-210, que decae en 138 días, por lo que es de imaginar que ninguno de los anillos en poder de coleccionistas funciona hoy, aunque debieron funcionar en su momento.

Otro juguete popular, el juego de química, tuvo versiones radiactivas durante los años 1950. Las cajas del juego podían traer, por ejemplo, un frasquito de mineral de uranio auténtico, un espintariscopio, un folleto sobre la energía atómica…

Década de 1970: el marcapasos de plutonio

Si bien algunos artefactos de uso habitual contienen materiales radiactivos aún hoy (como los detectores de humo o los cepillos antiestáticos), es altamente improbable que se venda algún objeto que contenga plutonio, ya que su uso no está permitido.

Sin embargo, en algún momento de la década de 1970 se comercializaron marcapasos que funcionaban con una pila termoeléctrica de plutonio. De acuerdo con el Laboratorio de Los Alamos, todavía quedan usuarios que tienen implantados estos aparatos, que funcionan con plutonio-238. El gobierno de Estados Unidos requiere que cuando dejen de ser útiles se los remita nuevamente a Los Alamos, pero no todos irán a parar allí... puesto que también se los fabricó en la U.R.S.S., detrás de la antigua Cortina de Hierro.
El Sol, de una carta de tarot

El mazo de tarot es objeto de la campaña propagandística más exitosa que se haya organizado jamás: en absoluto la más importante, pero sí la más exitosa. Una historia enteramente falsa, y una falsa interpretación de las cartas del tarot fueron pergeñadas por los ocultistas, y son creídas de manera absolutamente universal.
(Ronald Decker, T. Depaulis y M. Dummett, A Wicked Pack of Cards: The Origins of the Occult Tarot, 1996.)
Todos hemos visto en alguna parte —aunque más no sea en la vidriera de una santería o en un programa de televisión— un mazo de tarot: son esas cartas con dibujos misteriosos que los adivinos «tiran» sobre una mesa e interpretan, según qué cartas salgan del mazo y en qué lugar y posición caigan, el futuro de la persona que los consulta.

La realidad es que el tarot no tiene mucho de oculto en el sentido esotérico; lo que sí suele estar oculto es su verdadero origen.
Si tomamos un mazo de cartas de tarot nuevo, notaremos que viene con un cuadernillo instructivo. Estos cuadernillos a veces nos informan que el origen del tarot está en el Libro de Toth, que data del antiguo Egipto.
Suena muy mágico, pero no lo es. El Libro de Toth pertenece a la mitología egipcia, y la aseveración de que el tarot se origina en Egipto la hizo por primera vez el clérigo suizo protestante Antoine Court de Gébelin en 1781, en su libro Le monde primitif. Según él, el mazo de tarot de Marsella representaba los misterios de Isis y de Toth, mientras que la palabra tarot significaba «camino real» en antiguo egipcio.
¿Cómo hizo Gébelin para interpretar este idioma antes del descubrimiento de la Piedra de Rosetta? Ah, no sé. Huelga decir que los egiptólogos actuales no están de acuerdo con la etimología que propuso.

A Gébelin le siguieron, alrededor del año 1800, Jean-Baptiste Alliette (alias Etteilla), Marie-Anne Adelaide Lenormand y un autor anónimo que se hacía llamar Monsieur le Comte de M. Este último fue quien escribió que el tarot era el mismísimo Libro de Toth.

Todos estos personajes en conjunto fundaron la cartomancia moderna basada en la lectura e interpretación de las cartas de tarot, afirmando que estas se originaban en el antiguo Egipto, que eran de importancia mística y cabalística, y que tenían profundos significados ocultos. También inventaron los significados que hoy atribuimos a estas cartas.
Etteilla creó un método de interpretación del tarot y hasta diseñó un mazo especialmente concebido para prácticas adivinatorias, probablemente el primero de la Historia.

Sin embargo, estos esforzados ocultistas no inventaron las cartas de tarot en sí. El tarot ya existía desde hacía siglos. ¿De dónde vino, y para qué se usaba?

Historia de las barajas de tarot

El mazo de tarot moderno es un mazo de barajas españolas, con 56 cartas divididas en cuatro palos y un comodín, a las que se agregan 21 cartas más con dibujos especiales. En el mundillo ocultista se les dice «arcanos menores» a las 56 cartas divididas en palos, y «arcanos mayores» a las 21 cartas especiales y al comodín, pero antiguamente los arcanos mayores eran denominados «triunfos». Los palos de los arcanos menores son los usuales en la baraja española: oros, copas, bastos y espadas, con figuras en los cuatro números más altos (sota, caballo, reina y rey).

Esto nos da la pista de que el tarot era originariamente un mazo de barajas para jugar. Comparte origen, por lo tanto, con el resto de las cartas de juego, que se cree que fueron introducidas en Europa por los árabes, a través de los reinos de la panínsula íbérica, a fines de la Edad Media. Sabemos que en esa época ya había naipes de juego en España porque en 1310 el consejo que gobernaba la ciudad de Barcelona prohibió los juegos de cartas. Estos mazos comunes medievales no tenían comodín, pero ya constaban de las típicas 56 cartas divididas en cuatro palos, que por entonces eran monedas, copas, bastones y cimitarras.
Unos sesenta años más tarde, los naipes de juego no solo seguían usándose, sino que ya se habían extendido por el resto de Europa. Para entonces no había tarots todavía, al menos que se sepa.

La primera noticia que tenemos sobre un mazo de tarot o proto-tarot viene de un escrito de Martiano da Tortona que data de alrededor de 1425. Es la descripción de un mazo hoy perdido, llamado «mazo Michelino», compuesto por cuatro palos de 11 cartas cada uno y 16 triunfos. Los palos eran cuatro clases de aves: águilas, fénices, tórtolas y palomas, y los triunfos eran representaciones de dioses romanos.
A pesar de estas características únicas, se considera que se trata de un juego de tarot porque contiene cartas de triunfo.
El dueño de este ludus triumphorum («juego de los triunfos», como se le decía por entonces) era Filippo Maria Visconti, el riquísimo duque de Milán, quien lo había hecho fabricar por encargo. Las cartas fueron pintadas a mano por el pintor más caro de la región, Michelino da Besozzo, y Martiano da Tortona redactó el manuscrito que las describía, el cual acompañaba el mazo a modo de manual.

De entre los mazos de tarot más antiguos que han llegado hasta nosotros se destaca un conjunto que data de alrededor de 1450, que fue realizado por encargo de los Visconti-Sforza, la familia dominante de Milán. Estos mazos se encuentran incompletos, pero son de una gran belleza. Las cartas están hechas de pergamino pintado a la témpera y a veces decoradas con oro.

Cartas de tarot de los mazos Visconti-Sforza
Cartas de diferentes mazos pertenecientes a los Visconti-Sforza. ¡Da pena jugar con algo tan exquisito!
De izquierda a derecha: Reina de Espadas, el Emperador, la Muerte y la Fuerza
¿Por qué se le agregaron cartas de triunfo a las barajas comunes? No lo sabemos. Pero como se conservan mazos donde los palos son motivos heráldicos, puede que la elección de las figuras tuviese razones políticas. A fin de cuentas estas cartas eran encargadas por personajes muy adinerados y poderosos. Otro motivo pudo haber sido el didáctico, para educar a través del juego a algún niño de la nobleza. Por ejemplo, los triunfos del mazo Michelino podrían servir para aprender el conjunto de los dioses y semidioses de la mitología romana.
Hay quien considera que el propio Filippo Maria Visconti, al encargar el mazo Michelino, tuvo la idea de añadirle cartas de triunfo, lo que lo convertiría nada menos que en el inventor del tarot.

Estos tarots antiguos tenían un número de cartas variable. Los hay de cuatro palos de 11 cartas cada uno, de cinco palos de 13 cartas cada uno, de 5×14 y de 5×16, con una cantidad de cartas de triunfo también variable.
Uno de los primeros testimonios que tenemos acerca de un mazo de tarot constituido por la misma cantidad de cartas y con la misma estructura que los tarots modernos (cuatro palos de 14 cartas cada uno y 22 triunfos) se encuentra en un poema escrito hacia 1460-1494 por el conde Matteo Maria Boiardo.

¿Y las figuras que aparecen en los triunfos? ¿De dónde salieron?
Evidentemente, no del antiguo Egipto. Las figuras de los triunfos o arcanos mayores del tarot son fácilmente reconocibles como iconografía típica de la Edad Media y el Renacimiento. Algunas son alegorías, como la Rueda de la Fortuna o la Muerte; otras muestran personajes propios de la cultura europea de la época, como el Papa o el Diablo.
Contemporáneamente al mazo Michelino existía en Alemania un juego de cartas llamado Karnöffel que también incluía figuras como el Emperador, el Papa y el Diablo.

El tarot como juego

Jugadores de tarot franceses
Franceses jugando al tarot en el mercado de pulgas
de Saint-Ouen, cerca de París
A partir del Renacimiento, la gente simplemente jugó al tarot… y todavía sigue jugando. A nosotros puede parecernos extraño porque solamente conocemos al tarot como disciplina cartomántica, no como juego de cartas. Sin embargo, en gran parte de Europa se juega al tarot de la misma manera que al bridge o a la canasta. Es posible que nunca hayamos incorporado la tradición del juego de tarot porque no se difundió en la península ibérica. Tampoco es fácil verlo en una serie o película estadounidense o en un programa de cable de ese país, porque los antepasados de la nación estadounidense, los ingleses, tampoco jugaron ni juegan al tarot.

Las reglas del juego de tarot no son en absoluto un invento reciente: aunque hay variantes regionales, las reglas básicas ya aparecen en el manuscrito de Martiano da Tortona.
La estructura del mazo de tarot de juego es igual a la de los mazos que se usan para adivinación, aunque el diseño de los triunfos suele estar adaptado para que las figuras se distingan aunque uno reciba la carta al revés, como ocurre en los mazos de baraja de póquer con las figuras de la reina, el rey, etc., donde aparecen de medio cuerpo y duplicados, apuntando hacia arriba y hacia abajo.
Regionalmente puede haber otras variantes, como por ejemplo que los palos sean los de la baraja de póquer o francesa (diamantes, corazones, picas y tréboles) en lugar de los de la española. También hubo —y hay todavía— mazos donde los triunfos tradicionales son sustituidos por otras imágenes, como escenas de costumbres, diferentes clases de flores o animales, etc.
Mazo de tarot de c. 1778
Este mazo de tarot, impreso en Mannheim hacia 1778, tiene triunfos con figuras de animales, mientras que los palos son los de las barajas de póquer

Los tarots para cartomancia

Es difícil decir quién inició la tradición de usar los mazos de tarot con fines oraculares en lugar de para jugar, ya que incluso las cartas de baraja comunes se usaron al menos desde el Renacimiento con el primer fin. El motivo es bastante obvio: las cartas son ideales para «echar suertes», lo mismo que los dados o las monedas.

Le Bateleur, primer arcano mayor de un mazo de tarot clásico de c. 1701-1715
El Mago, primer triunfo de un
mazo de tipo marsellés impreso
en Lyon hacia 1701–1715
Sin embargo, la práctica de crear y diseñar mazos de tarot específicos para adivinación comienza alrededor del año 1800 con las intervenciones (ya mencionadas al inicio de este artículo) de Court de Gébelin y otros ocultistas contemporáneos a él.
Recordemos nuevamente que la difusión del tarot como herramienta de adivinación no hizo desaparecer la costumbre de usarlo para jugar a las cartas, sino que solamente la eclipsó para los medios de comunicación masivos.

El tarot de Marsella y otros

A fines del siglo XIX el ocultista francés Papus (Gérard Encausse) mencionó el tarot de Marsella en uno de sus libros, y en la década de 1930 fue popularizado por el cartomántico francés Paul Marteau: se trata del nombre colectivo de una serie de mazos de tarot con diseños parecidos entre sí que se fabricaban en la ciudad francesa de Marsella. El tarot de Marsella es importante en la historia del tarot esotérico porque sus figuras se usaron como modelo para muchos mazos del siglo XIX, y todavía hoy es uno de los más conocidos.

Un efecto del uso esotérico del tarot fue la creación de nuevos mazos orientados a esa finalidad en particular. De estos, sobresalen por su popularidad el mazo Rider-Waite, cuyo diseño data de 1909, y el Tarot de Thoth, realizado entre 1938 y 1943 de acuerdo con las instrucciones del ocultista inglés Aleister Crowley, que tiene influencia de estilos estéticos modernos y es muy hermoso.

Actualmente existe una inmensa variedad de mazos de tarot para uso esotérico que abarca un espectro amplísimo en cuanto a diseños y conceptos: los hay simples o recargados de símbolos, con atribuciones astrológicas o cabalísticas, de diferentes formatos… Otro fenómeno interesante es la creación de tarots temáticos: tarots celtas, africanos, de las hadas, de los ángeles, y muchísimos más.
Reconstrucción de la bicicleta supuestamente inventada por Leonardo Da Vinci
Algunos museos albergan reconstrucciones de la bicicleta de Leonardo, como esta que se encuentra en el Museo Leonardo Da Vinci de la localidad de Vinci, Italia
Todo empezó un día en que me encontraba editando un artículo de Wikipedia que había sido iniciado por un editor anterior. Este había incluido en el artículo una imagen de una página de estudios geométricos atribuida a Leonardo Da Vinci, y me estaba resultando difícil averiguar si era auténtica o no, ya que nunca la había visto.

Una búsqueda por Internet arrojó que la página era auténtica y que se había publicado por primera vez en la obra en tres tomos Leonardo, editada por Ladislao Reti en Milán en 1974. La imagen en cuestión era poco conocida porque la obra recopilaba varias páginas de apuntes de Leonardo Da Vinci que hasta el momento habían permanecido inéditos. Por ese motivo, en inglés se había publicado bajo el título The Unknown Leonardo (‘El Leonardo desconocido’).

La bicicleta misteriosa

Para mi sorpresa, en uno de los sitios que visité encontré que una de las páginas de apuntes inéditos de Leonardo contenía un boceto de una bicicleta. Se trataba de una bicicleta con cadena y pedales, cosa insólita ya que el primer antecesor reconocido de la bicicleta es la Laufmaschine o draisine, patentada por el alemán Carl von Drais en 1818, que no tenía ninguno de esos agregados modernos y debía ser impulsada por los pies del usuario.

Los apuntes inéditos de Da Vinci

Ahora, ¿de dónde venían estos apuntes de Leonardo que no habían sido publicados hasta 1974, uno de los cuales tenía un dibujo de una bicicleta?

Réplica (caja en forma de libro) del Codex Atlanticus
realizada por Mario Taddei. Foto: Mario Taddei
Los apuntes habían estado archivados en el Codex Atlanticus, una colección de dibujos de Leonardo Da Vinci que Pompeo Leoni reunió y encuadernó después de la muerte de aquel, hacia fines de los años 1500.
Como Leonardo escribía en las dos caras de las hojas de papel, el recopilador montó las páginas originales en una especie de folios con un rectángulo calado en el centro, de manera que pudieran verse las dos caras de cada hoja. Excepto algunas hojas que del lado del revés no habían sido dibujadas por Leonardo, sino por sus alumnos. En esos casos las hojas fueron montadas de manera que solo la cara dibujada por el maestro fuese visible: la otra cara del folio no fue calada.
El resultado de esa decisión fue que los garabatos atribuidos a los alumnos de Leonardo permanecieron incógnitos hasta la década de 1960, cuando el Codex Atlanticus fue desmontado para su restauración por iniciativa del ingeniero Nando di Toni y el investigador André Corbeau.

La hoja que nos interesa data de alrededor de 1492 y se le ha asignado el número 133. De un lado tiene dibujos en tinta atribuibles a la mano de Leonardo: bocetos de artefactos destinados a mejorar las fortificaciones costeras. Del otro lado hay garabatos varios (algunos obscenos) y, en el extremo superior derecho, el boceto de la bicicleta. La bicicleta tiene dos ruedas alineadas, con rayos; manubrio, asiento, dos pedales y transmisión de cadena con tracción en la rueda trasera. Los pedales tienen, como en las bicicletas modernas, unas bielas fijadas a un plato dentado en el cual se engancha la cadena. En cuanto al manubrio, no queda claro si tiene la capacidad de hacer doblar la rueda delantera o si es fijo.

Bcicleta dibujada en el folio 133v del Codex Atlanticus
El famoso boceto del reverso del folio 133, atribuido a Leonardo Da Vinci, quien en esta oportunidad exhibe la habilidad artística de un niño de cinco años

Mecanismos con cadenas y poleas en el Códice Madrid I, folio 10r
Mecanismos con cadenas y ruedas dentadas
en el folio 10r del Códice Madrid (Tomo I)
Aunque el mecanismo de transmisión del boceto se ve moderno, Leonardo habría estado familiarizado con sus elementos. En 1967, mientras la restauración del Codex Atlanticus estaba en curso, el romanista estadounidense Jules Piccus descubrió en la Biblioteca Nacional de Madrid dos álbumes de apuntes de Leonardo, los llamados Códices Madrid. En estos apuntes se encuentran esquemas de artefactos que incluyen ruedas dentadas que permiten traccionar cadenas, similares a las de una bicicleta.

El 15 de abril de 1974, en Vinci, el historiador literario Augusto Marinoni, uno de los autores de la voluminosa obra Leonardo, reveló al mundo el boceto de la bicicleta durante una conferencia sobre los Códices Madrid. Simultáneamente estaba en prensa el segundo tomo de Leonardo, precisamente aquel que contenía una reproducción del boceto de la bicicleta y donde había colaborado Marinoni.

Una bicicleta, en el otro sentido del término

Sin embargo, diversos involucrados en la restauración del Codex Atlanticus y en la edición de Leonardo, como la historiadora de arte Anna Maria Brizio, el editor Ladislao Reti y el ingeniero Nando di Toni, no creyeron en la autenticidad del boceto de la bicicleta y se generó una pequeña batalla de acusaciones y réplicas entre ellos y Marinoni. Era cierto que el Codex había estado en restauración cerca de diez años, y que durante ese tiempo las páginas habían ido y venido por distintas localidades de Italia, por lo que había un amplio y confuso margen para discutir si la bicicleta había sido «plantada» en el folio 133 o no.

En 1978, el historiador de arte Carlo Pedretti publicó un catálogo de las hojas restauradas del Codex Atlanticus donde describía su contenido, no sin quejarse de la mala calidad de la restauración.
Pedretti también había tenido acceso al Codex antes de su restauración, en 1961. En esa oportunidad no había podido examinar directamente el reverso del folio 133, ya que se encontraba cubierto, pero sí había mirado el folio a trasluz para ver qué había allí. En el lugar donde debía estar la bicicleta solo había visto dos círculos y unas pocas líneas, que le parecieron ser «el comienzo de algunos diagramas geométricos». No había ni asiento, ni manubrio, ni rayos en las ruedas, ni cadena, ni pedales, ni nada que hiciera pensar en una bicicleta.

Marinoni también le replicó a Pedretti en defensa de la autenticidad de la bicicleta, pero, de acuerdo con Pedretti, el esbozo de 1961 estaba realizado con un trazo denso y oscuro, y de haber existido más líneas en ese entonces, hubiese debido verlas fácilmente.

Al comparar el apunte que hizo Pedretti de las líneas que vio en 1961 con el boceto de la bicicleta publicado en 1974 parece evidente que alguien aprovechó los dos círculos originales para dibujar las ruedas de la bicicleta, agregándoles rayos, y las pocas líneas restantes para ejecutar el manubrio y el sostén del asiento, añadiendo después los pedales, la cadena y el resto de los detalles.

De acuerdo con el profesor Hans-Erhard Lessing, que trató este tema en una conferencia que tuvo lugar en Glasgow en 1997, «el o los falsificadores hicieron un uso económico de las líneas que ya estaban presentes, […] lo que explica lo idiosincrático del diseño del manubrio».
Algo más tarde, Lessing supo por medio de Paolo Galluzzi, director del Istituto e Museo di Storia della Scienza, que la tinta de los bocetos del folio 133 había sido analizada y que en su composición entraban ingredientes que recién habían sido incorporados a la tinta a partir del siglo XIX.

¿Por qué?

¿Por qué alguien iba a tomarse el trabajo de garabatear una bicicleta en el reverso del folio 133 del Codex Atlanticus y atribuírsela a Leonardo?
Personalmente creo que tiene razón el profesor Lessing: «la competencia entre las naciones industrialistas [europeas] que llevara a la Primera Guerra Mundial creó mitos de prioridad chovinistas, por lo general difundidos con el fin de atribuirle la prioridad al país del falsificador».

Carl von Drais sobre su laufmaschine
Carl von Drais sobre su Laufmaschine o draisiana
En otras palabras, todos quieren ser los inventores de la bicicleta.

La draisiana alemana se patentó en 1817.

En 1891, el periodista francés Louis Baudry de Saunier publicó en su libro Histoire de la Vélocipédie que el conde Mede de Sivrac había inventado en 1791 el célérifère, una bicicleta sin pedales, lo que daba la prioridad de la invención de la bicicleta a Francia. Pero en 1976 se comprobó que era mentira.

Similarmente, en 1927 el británico Herbert O. Duncan publicó en su libro The World on Wheels una ilustración de una proto-bicicleta inglesa que dataría de 1642, lo que le daba clara prioridad al Reino Unido, aventajando a Francia. Décadas después se demostró que también era un bulo.

Y, finalmente, en 1974 se presentó la «bicicleta de Leonardo» haciéndola remontarse a 1492, lo que debía convencer al resto del mundo de que la prioridad sobre la invención de la bicicleta la tenía Italia. ¿Acaso Leonardo Da Vinci no era un gran inventor?
De acuerdo con lo último que supe de Augusto Marinoni, sigue afirmando que la bicicleta del Codex Atlanticus es auténtica.

Una verdadera bicicleteada.