El misterio del azul maya

Fragmento de mural maya del sitio de Bonampak
Detalle de una de las pinturas murales del Templo de las Pinturas de Bonampak, en Yucatán. Foto: Iñaki Herrasti

Esta es una reelaboración de un artículo que escribí una vez en Wikipedia.

Un color puede contar una historia inimaginable.
Este nos lleva hasta el área maya de Mesoamérica, alrededor del siglo XII.

Es un hecho poco conocido que casi todos los edificios de los mayas estaban pintados, tanto por dentro como por fuera, con brillantes colores. Aparentemente los colores eran importantes para esta cultura.
Sin embargo, en nuestra época esos edificios parecen no ser más que ruinas de piedra descolorida, ya que el paso del tiempo, junto con las malas condiciones de conservación, hicieron desaparecer su capa de pintura externa, cuando no el revoque de estuco sobre el que se aplicaba. Pero en algunas ocasiones el estuco de los murales pintados en el interior de los edificios se conservó, y con él algunas importantes pinturas murales.

Pintura mural tolteca procedente de Cacaxtla
Reconstrucción de una pintura mural
olmeca-xicalanca de Cacaxtla, datada
alrededor del año 700 d.C. En el original, el
azul es pigmento azul maya. Foto: Travis
La historia del redescubrimiento del azul maya comienza en 1931, durante una expedición arqueológica organizada por el Instituto Carnegie de Washington, conjuntamente con el Instituto Mexicano de Antropología e Historia (INAH). En esa oportunidad se tomó una muestra de una sustancia azul del Templo de los Guerreros, en el sitio arqueológico de Chichén Itzá.

Esta sustancia fue aislada por H.E. Merwin, del Instituto Carnegie. Y aquí es cuando empieza el misterio del azul maya.

Un azul sorprendente

Se trata de un pigmento de color azul. No es siempre del mismo tono y matiz de azul, sino que puede ser más claro, más oscuro, francamente azul, aturquesado o verdoso.
Inicialmente se pensó que solo se lo podía encontrar en el área maya de Yucatán, y por eso fue bautizado como «azul maya». Luego empezó a hallárselo en murales arqueológicos de toda Mesoamérica, ejecutados por otras culturas aparte de la maya (tolteca, mixteca, azteca…). También se lo encontró en cerámicas, códices y esculturas.

Para empezar, este pigmento tenía la propiedad de haberse conservado bien a pesar de los siglos transcurridos en condiciones climáticas muy adversas (calor y humedad de la selva).
Analizado, se halló que era excepcionalmente permanente. No se decoloraba ni con la exposición a la luz, ni con el calor ambiente, ni por la acción de microorganismos. También resistía a la lavandina, al ácido nítrico concentrado, al ácido sulfúrico y al agua regia.

Pero tenía todavía otra propiedad: era muy difícil elucidar cómo estaba hecho.

En busca de la receta perdida

Durante unos sesenta años, el azul maya desafió los intentos de averiguar cómo se preparaba, y con qué. El secreto de su fabricación se había perdido. Pero resultó que se había perdido en épocas relativamente recientes, ya que en tiempos coloniales aún se usaba.

Trozo de palygorskita, una arcilla de estructura lamelar
Trozo de palygorskita en el que
puede verse la estructura
fibrosa. Foto: John Kygier
En 1989 se descubrió este pigmento en pinturas murales de unos edificios coloniales de Cuba. Era un color azul verdoso que hasta ese momento se había llamado «azul Habana». Se cree que se lo usó hasta cerca de 1860, y que tal vez se lo importaba de México.

Perdida la receta, el trabajo de averiguar la composición y preparación del azul maya quedó en manos de la química y de la arqueología.

En 1946 se descubrieron los fabulosos murales mayas del Templo de las Pinturas de Bonampak, ocasión en la que se tomó otra muestra de pintura azul que sería muy reveladora.
Un estudio mediante difracción de rayos X mostró que uno de los componentes del pigmento azul maya era una arcilla llamada palygorskita. Este es un tipo de arcilla particular, de estructura fibrosa. A primera vista parece ser un material textil, porque se deshilacha.

Rama y flores de jiquilite (Indigofera suffruticosa)
Rama florida del jiquilite o añil
(Indigofera suffruticosa).
Foto: Lauren Gutierrez
Luego, durante un tiempo, se sospechó que el azul maya ocultaba algún ingrediente de origen orgánico. Hasta que en 1962 se lo identificó por fin, mediante espectroscopía infrarroja: índigo.
El índigo natural es un tinte azul oscuro que puede extraerse de varias plantas, típicamente de las del género Indigofera. Antes de la invención de los tintes sintéticos fue muy usado para teñir telas. En Europa y Asia se usó más que nada la especie Indigofera tinctoria, pero en Mesoamérica se disponía de especies nativas, como el jiquilite (Indigofera suffruticosa).


Siguió un período durante el cual diferentes investigadores, cual alquimistas, intentaron recrear el azul maya.

En 1966, H. van Olphen intentó fabricar azul maya con índigo sintético y varios tipos de arcillas lamelares (fibrosas). A grandes rasgos dio en el clavo, pues utilizó la técnica correcta para combinar los ingredientes: la cocción. También notó que, de todas las arcillas empleadas, la palygorskita era la que daba un pigmento más permanente.
Luego de muchas experiencias por parte de distintos investigadores, surgieron algunas recetas de azul maya aceptables. Hubo también quien notó que si se usaba la arcilla correcta, el pigmento ya era estable y resistente antes de la cocción, por el simple hecho de mezclarlo y homogeneizarlo.

Cenote en Valladolid, México
Cenote en Valladolid, México. Foto: dronepicr

Nanotecnología precolombina

¿Qué es lo que hace que el índigo del azul maya se vuelva resistente a todo tipo de ataques? Para explicarlo hay que descender al nivel molecular. Se cree que, durante la preparación del pigmento, las moléculas de índigo se meten en los túbulos que componen la estructura de la palygorskita y forman enlaces de hidrógeno con la arcilla, por lo que quedan «hechas carne» —por así decir— con aquella.
El resultado de esto es un pigmento de una estabilidad asombrosa. Es probable que se trate del primer pigmento orgánico estable, pero además de eso constituye una forma de nanotecnología.

El color sagrado

Se sabe que los antiguos pueblos mesoamericanos estimaban mucho el color azul verdoso, que es el color del agua y de la vegetación, sin los cuales no hay vida. Consideraban preciosos a algunos materiales verdes o verdeazulados, como las turquesas, el jade y las plumas de quetzal.

En 1904, el arqueólogo E.H. Thompson comenzó a dragar el cenote (pozo sagrado) de Chichén Itzá en busca de restos de la antigua cultura maya. Encontró objetos de madera, de cobre, de jade y hasta de oro, pero el que nos interesa ahora es un simple cuenco de tres patas.
En 2008, un equipo formado por arqueólogos de varias instituciones de Illinois reparó en el cuenco, que estaba lleno de arcilla endurecida con restos de pigmento azul. Tras analizarlo, concluyeron que en el cuenco se había comenzado a preparar azul maya, pero que el proceso había quedado interrumpido al arrojarse el cuenco al cenote. La mezcla endurecida contenía arcilla e índigo, pero también copal, el incienso de los mayas.

Pebetero maya con representación del dios Chaac
Pebetero maya con representación
del rostro de Chaac. También los
hubo con la efigie de Tláloc, la
«versión» azteca de Chaac.
Foto: Travis
Por fuentes históricas y arqueológicas se sabe que los mayas acostumbraban peregrinar a los cenotes para realizar ceremonias en honor de Chaac, el dios de la lluvia, durante las cuales arrojaban al cenote toda clase de objetos considerados preciosos, incluyendo víctimas humanas y recipientes con copal.
Muchas de las ofrendas a Chaac se pintaban de azul, aun las personas. De hecho, en el fondo del cenote se encuentra una capa de barro azul de hasta 5 cm de espesor, que se cree que se debe a la pintura desprendida de las ofrendas arrojadas allí.

También se observó que los mayas yucatecos actuales dan un uso medicinal al índigo y a la palygorskita.

Basándose en esto, los arqueólogos postularon que, durante las ceremonias en el cenote, en los cuencos se quemaba copal junto con índigo y arcilla, a fin de producir el pigmento azul verdoso y acto seguido ofrendarlo al dios, arrojando los cuencos al cenote. De esta manera se honraba a Chaac con el copal sagrado que producía el color simbólico del dios a partir de dos sustancias medicinales.

El juicio del siglo XXI

¿Cómo se compara el azul maya con otros pigmentos azules?
Queda muy bien posicionado. Durante el curso de la historia de la Humanidad, los pigmentos azules fueron particularmente difíciles de lograr.

Para obtener un azul indeleble, los antiguos pueblos mesoamericanos básicamente debían cocinar arcilla junto con hojas de una planta. Mientras que en la misma época, los pintores del Viejo Mundo sudaban la gota gorda moliendo lapislázuli, que no solo era durísimo, sino que costaba un ojo de la cara.
Recién en el siglo XIX algunos químicos y ceramistas franceses encontraron sustitutos para el lapislázuli y la azurita que se habían usado hasta entonces. Así nacieron el azul ultramar moderno y el azul cobalto… aunque este último tampoco resultó ser barato.
Sobre el final de ese siglo se inventaron los colorantes basados en el alquitrán, que con el tiempo terminarían desplazando a los otros.

Actualmente, sin embargo, el azul maya todavía despierta interés por ser ambientalmente amigable, permanente, fácil de preparar y económico.

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